La sinfónica del emprendedor

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Hay noches en las que la orquesta toca y la sala se queda en silencio un segundo después del último acorde. No porque un solista haya brillado solo, sino porque todo sonó junto, a tiempo y con la tensión correcta. Como si la obra hubiera nacido en ese momento.

Otras veces cada músico está afinado y aun así algo no cierra. Sobran ganas pero falta conjunto.

Me gusta pensar el emprendimiento de esa forma. No como una lista de áreas ni como un edificio solo, sino como una sinfónica. Una obra, instrumentos, un director, y la posibilidad real de que suene… o de que haga ruido.

La obra

Antes de dirigir hay que saber qué se está tocando. Sin obra compartida, cada uno puede tocar impecable e igual la sala se confunde. No hay tensión en común, no hay final, no hay un por qué de esa nota ahora.

La obra está escrita antes de que empiece el ensayo. Cada músico tiene su partitura sobre el atril desde el primer día. No es un secreto del director. Es la guía que todos comparten y se dio de antemano. Cada uno sabe hacia dónde va la obra. Lo que falta después es hacer que suene.

Si no está claro qué se quiere lograr, cada frente tira para su lado con buena intención. Se trabaja mucho. Se avanza poco en la misma dirección.

Todos conocen la pieza

En una sinfonía no alcanza con que el director conozca la obra. Los músicos la ensayaron hasta que el oído del grupo reconoce la pieza.

Y en el ensayo no hay público. Se puede parar a mitad de un compás, repetirlo 20 veces, equivocarse sin que nadie juzgue desde la sala. El error tiene su lugar, y ese lugar es el ensayo. La obra suena en el concierto porque se equivocó antes, sin testigos.

En el emprendimiento pasa parecido. No se llega a la “gran demostración” (un lanzamiento, una ronda, un mercado nuevo, un mes clave) sin haber ensayado antes. Probar, ajustar, volver a tocar. En Cultura de probar e iterar bajé cómo hacerlo con método. Acá el punto es más simple. La obra suena porque se practicó junta, no porque se improvisó en el mismo día.

Cómo se oyen entre sí

El director no tiene que ser el mejor en cada instrumento. Tiene que entender cómo funciona cada uno y sobre todo cómo se relacionan. Si el metal tapa a las cuerdas, la obra se desbalancea aunque ambos estén tocando “bien”.

Cuando un lado empuja fuerte y otro no acompaña, el conjunto se desafina. No alcanza con mirar un instrumento solo. Hay que oír si el volumen de uno está dejando espacio al resto.

Y hay algo que el que toca nunca oye igual y es el conjunto. Desde su atril se escucha el propio instrumento amplificado. El balance es otra cosa y lo escucha el que está afuera. No es un defecto del músico sino que es la física de estar adentro de un instrumento. Esta es la razón de que exista alguien que oiga la obra entera.

En Estructura de áreas hablé de esos frentes sin burocracia. Acá lo que importa es el oído del conjunto.

El tempo y los silencios

En una sinfonía importa el momento. Entrar antes o después cambia la pieza. No todo se acelera al mismo tiempo. Hay cosas que hoy tienen que sonar fuerte y otras que si suenan ahora ensucian. El trabajo del director es el tempo. Qué se prioriza, qué se posterga, qué se deja en silencio un rato.

Y los silencios son parte de la obra tanto como las notas. Un silencio en el lugar justo sostiene la tensión. Un silencio en el lugar equivocado rompe todo. Callar también es tocar. Lo que se deja en pausa a propósito también compone y a veces es lo que más se nota al escuchar.

Cuando el director se mete a tocar

Al inicio suele pasar que uno toca de todo. Está bien. Es una forma de aprender cómo suena cada instrumento.

El problema aparece cuando quien debería dirigir se queda en un solo atril. Si el director se pone a tocar el violín en medio de la obra y no sabe qué está pasando en otra sección, la pieza se desarma aunque el violín suene lindo.

Podés estar resolviendo todo lo operativo porque “si no lo hago yo, no sale”, y al mismo tiempo el resto se desordena. Nadie sabe qué es prioritario. Un frente avanza y otro se quiebra, y vos estás tan adentro de un instrumento que ya no oís la obra.

Un punto a tener en cuenta es que el director no produce ningún sonido. Todo lo que se escucha en la sala lo tocan otros. El instrumento del director es la orquesta misma, y cuando él toca, suena algo que no estaba en la obra.

Dirigir no es abandonar. Es estar lo suficientemente cerca para oír y lo suficientemente afuera para que el conjunto exista.

El público

Una sinfonía se toca para alguien. El público puede ser muchos o pocos, y eso no es lo importante. Lo importante es que esté. Un concierto sin público es un ensayo. La obra es la misma, el esfuerzo es el mismo, pero sin alguien escuchando no hay concierto.

El público no mira la partitura. No sabe si esa nota era difícil ni cuántas veces se ensayó. Escucha la obra entera, y se queda hasta el final. O no se queda.

Que suene

La noche del concierto el director marca poco. Las entradas ya están ensayadas, cada uno conoce su parte y la orquesta camina casi sola. El mejor momento de una obra es cuando ya casi no hace falta dirigir. La obra se toca de memoria y el director solo acompaña lo que ya suena.

En Construyendo un emprendimiento hablé de cimientos. Esta es otra forma de verlo. No alcanza con tener partes. Tiene que haber una obra y alguien que la haga sonar.

Cuando eso pasa, el emprendimiento deja de ser una suma de esfuerzos sueltos. Empieza a tener música. Y la sala (clientes, equipo, mercado) lo nota.

Como en una sinfonía, lo que emociona no es un instrumento solo. Es la obra entera tocada junta.

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